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Rev- 165.12b 01/01/2020
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La Gesta de Juan Ignacio Pombo - 1.935
Santander (España) - México D.F. (México)
     Juan Ignacio Pombo Alonso Pesquera, era hijo de Juan Pombo Ibarra, familia Santanderina y muy vinculada al mundo de la aviación. Su padre había sido el primer piloto que había realizado en 1.913 el primer vuelo entre Santander y Madrid.

     La empresa que Juan Ignacio ha proyectado, aparte del indudable mérito aeronáutico, nadie hasta entonces había cruzado el inmenso Atlántico en un avión tan pequeño y de tan reducida potencia de motor, ni nadie lo ha vuelto a hacer, es reveladora de una audacia y una voluntad de recio temple cántabro, a prueba de obstáculos y dificultades, insólitas a la edad de veintidós años.

    No tiene Juan Ignacio que vencer la resistencia de sus familiares para afrontar la aventura, no en vano es hijo y hermano de aviadores, pero ha de resolver un problema de gran envergadura: la financiación del vuelo.

     Nuestra patria atraviesa un momento de honda crisis económica, nada apropiada para conseguir la cantidad necesaria que, sin ser una cifra exagerada, se sale del alcance de la fortuna familiar de los Pombo que ya no son aquellos potentados que alojaban Reyes en su casa.

     Pero Juan Ignacio ha decidido cruzar el Atlántico en vuelo, y está dispuesto a conseguir los medios para llevar adelante su propósito.

     La elección del punto final de su vuelo no ofrece demasiadas dudas a Pombo, aparte de que razones personales le atraen a México, el estar todavía reciente, dos años escasos, el malogrado vuelo de Barberán y Collar en el "Cuatro Vientos" que, tras triunfar en la hazaña de cruzar el Atlántico por su parte más ancha y de Este a Oeste, de Sevilla a Camaguey, desapareciendo en circunstancias más que misteriosas entre la última ciudad y México, hace que la colonia española en la capital mexicana esté ansiosa por recibir la visita de aviadores españoles. Juan Ignacio decide que el final de su viaje sea la antigua Tenoxtitlan; el lugar de partida no puede ser otro que que la capital de la Montaña. En una entrevista que para "La Voz de Cantabria" que le hace Noriega en la clínica de Ignacio Romero Raizábal, dice Juan Ignacio que no trata de batir ningún record, sino de "poner un lazo de unión y afectos entre el alma española y el espíritu de los países iberoamericanos". Y añade, "Deseo salir de Santander porque soy montañés, y mi ilusión es que cuando el zumbido del motor obligue a levantar la vista a lo alto, durante mi travesía por esos mundos, el pensamiento se remonte y venga aquí, a nuestra ciudad de Cantabria". El vuelo será, por consiguiente, de Santander a México, recorrerá una distancia de unos 15.350 kilómetros (7.818 nm.) y empleará unas 73 horas en el vuelo.

     El avión elegido es, como desde el primer momento Pombo ha decidido, el "British Aircraft Eagle" que en su versión de serie es un monoplano de ala baja cantilever, construido de madera contrapeada, salvo las superficies móviles que van revestidas de tela. La cabina, cerrada, amplia y de gran visibilidad, tiene capacidad para tres personas y un departamento para equipajes. Está dotado de doble mando y el tren de aterrizaje es retráctil y se opera con una manivela, quedando las ruedas totalmente escondidas dentro de las alas.

     No va dotada la avioneta de piloto automático ni de equipo de radio, como tampoco de paracaídas ni chaleco salvavidas. Por decisión de Juan Ignacio, es pintada de blanco y rojo, colores heráldicos de Cantabria, y llevará escrito sobre el capot, a ambos lados, en letras blancas: SANTANDER, que es el nombre que pone este montañés a su frágil y ligera cabalgadura. En el fuselaje lleva impresa la matrícula oficial: EC-CBB, y un poco más arriba, y por iniciativa de Enrique Mowinckel, se escribirá: "Costa Esmeralda de España", nombre que dio Pick a un trozo del litoral comprendido entre Santander y Castro-Urdiales.

      El sábado 11 de Mayo, D. José Eguino, Obispo de la Diócesis, bendice solemnemente a la "Santander" y al crucifijo que el Club de Tenis, ha regalado a Juan Ignacio para que le proteja en su aventura. La partida queda decidida para el día siguiente.

      Aún no ha iniciado su vuelo y ya es cantado Pombo por sus paisanos: Jesús Cancio escribe "El poema de Juan Ignacio Pombo" y Fernando Miguel Noriega, compone la música y letra del himno "Gesta Magna" en su honor. No es exagerado decir que el aviador montañés se encuentra en olor de multitudes. Se organiza un servicio de automóviles que saldrá del Bar Suizo, para el aeródromo de "La Albericia", a las diez y cuarto del domingo 12 de mayo.

      Y llega el 12 de mayo. La Albericia está encharcado por los fuertes aguaceros caídos en los días anteriores, llega Juan Ignacio al aeródromo dispuesto a dar comienzo la aventura de sus sueños. Su aspecto es tranquilo, se le ve dueño de sus emociones y seguro de éxito de su empresa. Allí están, para despedirle, el elegante Coronel Prats, Jefe del Regimiento de Valencia, que no esquiva el barro que mancha sus siempre lustrosas botas; el distinguido Presidente de la Diputación, con su aire deportista; el Alcalde de la capital, con su boina de honrado artesano, D. José Riestra, Cónsul de México, cubierto con un sombrero de anchas alas que recuerda los de los charros "tapa-tíos"; y con las autoridades una muchedumbre de montañeses que van a despedir a su héroe y a desearle un feliz vuelo.

       Es sacada la "Santander" del modesto barracón, en medio de una gran ovación. D. Juan Pombo, el veterano piloto creador de una dinastía de aviadores, asiste sereno a la despedida: Juan Ignacio le abraza después de haberse despedido de las autoridades y amigos. Sube a la avioneta y, antes de entrar en la cabina, de pie sobre el ala, lanza tres vivas: a Santander, a México y a España, que son con entusiasmo contestados por todos los allí presentes. Hace una seña al mecánico y pone el motor en marcha y tras unos minutos de calentamiento del motor, inicia el rodaje.

      Se dirige la "Santander" al extremo este del aeródromo, se aproa al viento y tras una corta carrera de despegue, abandona con suavidad la tierra; da dos vueltas sobre el campo y se lanza a dar una pasada sobre las cabezas de la multitud que enfervorizada le aclama, mientras cientos de pañuelos se agitan al aire estremecidos por el rugir del motor de la "Santander" y por el latir de los corazones de todos los montañeses que quieren acompañar a Juan Ignacio, el aviador cántabro, en su aventura.

        Se despide Pombo con un grácil alabeo de la "Santander" y en vuelo rasante se dirige a Solares, para cumplir su promesa de arrojar flores sobre la tumba de Don Ramón Pelayo, primer Marqués de Valdecilla y Pelayo. Cumplido este piadoso deber, marcha a Laredo y toma tierra en la playa de La Salvé, en la que tantas veces se posara y cuya arena quiere besar con las ruedas de la "Santander" para llevar a México esta simbólica caricia. Despega para dirigirse a Madrid, pero una espesa barrera de nubes cierra el paso, impidiéndole franquear la cordillera para pasar a Castilla, viéndose forzado a regresar a "La Albericia", en espera de que despeje el cielo.
        Antes de amanecer del día 16, acompañado por el jefe del aeródromo, Teniente Coronel Ferreiro, por varios oficiales y amigos y por Haya, Guinea y Teodosio, se dirige Juan Ignacio a la "Santander", se despide de todos, y sube a la cabina poniendo el motor en marcha. A las cinco cincuenta despega y pone proa al Estrecho con el propósito de llegar a Villa Cisneros.

        Vuela con un buen tiempo sobre la risueña campiña andaluza, disfrutando de la diafanidad del aire, sereno a esas horas de la mañana, todo parece augurar unos vuelos sin complicaciones a lo largo de la costa africana, hasta Bathurst, pero cuando va llegando a Larache, unos nubarrones en el horizonte hacen barruntar que el tiempo no va a ser tan bueno como se esperaba y como las etapas que lleva ya realizadas, en efecto, poco después encuentra nubes bajas y chubascos que le obligan a efectuar diferentes cambios de nivel, hasta que a la altura de Casablanca, un fuerte viento de costado le hace presentir una tormenta de arena, ante lo que Juan Ignacio, preocupado por no forzar el motor al que le espera la ruda prueba del salto del Atlántico, traza un plan de  efectuar etapas cortas, y se dirige a tomar tierra en Agadir.

         Allí los franceses le dan toda clase de facilidades y le recomiendan, a la vista de la meteorología existente en la costa, que efectúe el vuelo por encima de la capa de nubes.


          Juan I. Pombo considera temerario ir directamente a Villa Cisneros y toma la decisión de dirigirse a Ifni a pasar allí la noche. En Sidi-Ifni encuentra a un montañés de jefe del aeródromo, el Teniente Alfredo Arija, que, tras ocuparse de que la avioneta quede a cubierto de todo contacto con el peligroso polvo en suspensión, que tanto daño puede hacer al motor, atiende con todo cariño a su paisano y le brinda la tradicional hospitalidad de los aviadores españoles, en el pabellón de oficiales del aeródromo.

         El 17 de Agosto despega Pombo con media carga de gasolina, con el propósito de aprovisionarse en Cabo July y cubrir desde allí la etapa directa hasta Bathurst.

        Reposta en Cabo July y despega inmediatamente, pero al pasar sobre Villa Cisneros desciende para dar una pasada al fuerte y son tantos y tan expresivos los saludos y demostraciones que desde el suelo le hacen, que decide tomar tierra.

       Le reciben con vítores y abrazos y le conducen al Pabellón de Oficiales donde le obsequian con un rápido y poco protocolario, aunque muy cordial almuerzo.
      Despega tras permanecer en el suelo poco más de una hora y trata de recuperar el tiempo perdido, pero el calor sofocante y las ráfagas de arena que el “rififi”, viento del desierto, le aconsejan tomar tierra en Port Etienne para revisar y limpiar el motor ya que cualquier rozamiento o arena en los filtros, podrían hacer fracasar el saalto del Atlántico.
      Estando en Port Etienne terminando de revisar el motor, con la ayuda de un mecánico francés, llega un teniente español en coche a buscar a Juan Ignacio, para que pase la noche en el fuerte español de la “Agüera”, que dista unos 20 kilómetros. Al día siguiente despega Pombo a las ocho y media de la mañana del  día 18, con destino a Bathurst, pero una rápìda subida de la temperatura del motor le obliga a tomar tierra en San Luis de Senegal, donde, una vez solventada la dificultad, despega a las 13:30, llegando en hora y media de vuelo a Bathurst.
      En Bathurst se encuentra con el Capitán de la aviación española, Luis Servet, que expresamente ha ido para prestar cuanta ayude necesite. El día 19 se repasa el avión y el motor, cambiando el aceite y cargando al máximo de combustible para el salto del Atlántico. Acompañado de Servet y del persona de “Lufthansa” que amablemente le atiende y le presta alojamiento, Juan Ignacio va al buque escuela “Schwabenland”, dsonde los meteorólogos alemanes le ponen al corriente del estado del tiempo. Disponen también los alemanes que se haran a la mar, horas antes de la salida del aviador español, miedntras que otro barco escala el “Wesstfalen” lo hará de su base en Fernando de Noronha, saliento al encuentro de la “Santander”. De esta manera, durante el vuelo, habrá dos puntos de apoyo, situados respectivamente a 300 millas de África y 500 de Fernando de Noronha, apoyo más moral que material al no disponer la “Santander” de equipo de radio conel que poder informar de algún posible percance.
Dado que Juan Ignacio tampoco dispone de “Radiogonómetro”, ni de isntrumentos para la navegación “Astronómica”, ha de preparar la travesía del océano navegando a la estima, para que ayudado por el Capitán Servet, destacado navegante aeronáutico, tras un destacado del cuadro de marcha de la “Santander” y de los vientos reinantes a través de la ruta, determinan la derrota a seguir, manteniendo tres rumbos sucesivos, que corresponden a la corrección de las derivas ocasionalas por los “alisios” en los dos primeros y el tercero por la travesía. También se releen el plan médico que le entregó el teniente de sanidad de la Base de Tablada, a su paso por Sevilla, que le facilitará el resistir las largas horas de la travesía.
Y llega el momento cumbre, la víspera se retira a descansar al mediodía, duerme tranquilo, como si aquello que va a afrontar dentro de unas horas esté dentro de lo normal y rutinario. A las nueve de la noches, es despertado, como él habia dispuesto, y tras darse un baño tibio se retira a escribir unas cartas para que sean enviadas si no logra salir con vida de loa empresa, toma luego una ligera comida y se dirige al lugar donde ya está dispuesta la “Santander” cuya silueta destaca, por la luces de la plataforma de aparcamiento, parece levantar agresivamente el morro en aptitud de desafío al inmenso atlántico que se oculta en la negrura de la noche.
      Juan Ignacio se dirige al avión, le da una vuelta alrededor, efectuando una última revisión, se despide con un abrazo del Capitán Servet, y del no numeroso grupo que ha trasnichado para despedirle, y entre sus caras se adivina la inquietud por la suerte del bravo español, sube a la cabina, saluda con la mano y enciende el motor. Tras unos minutos de calentamiento de lmotor, hace señas para que le quiten los calzos, saluda de nuevo y rueda hacia la línea de luces que señalan la dirección de despegue, situa la “Santander” paralela a ella y a la derecha, se encomienda a la virgen “Bien Aparecida” y va metiendo gases muy suavemente.
Comienza la carrera de despegue, la avioneta va ganando velocidad gradualmente, el motor ruge con toda su pequeña potencia, en la cabina no hay más luz que la tenue y azulada, que ilumina el tablero de instrumentos. Las luces de la pista, van pasando por la izquierda, más rápidas cada vez, mientras la avioneta trepita al pasar sobre las pequeñas irregularidades del terreno.
      Juan Ignacio piensa que tarda en embalarse el avión, y tien la sensación que va acabándose la pista sin que aquel adquiera la velocidad suficiente para irse al aire. Nunca ha despegado con tanto peso en un aparato tan pequeño. Las luces pasan ya muy rápidas, van disminuyendo las trepidaciones al ir dejando las ruedas de apoyarse en el suelo. Un ligero tirón de la palanca y la “Santander” se va al aire. Pasan raudas las últimas luces de la pista, alejándose y tomando, por mor de la velocidad, forma alargada. De pronto, no ve otra cosa Juan Ignacio, que la negrura de la noche bajo sus pies. Esconde el tren de aterrizaje, da una vuelta sobre el campo mientras gana altura, y se aproa al inmenso Atlántico, tomando el rumbo para el primer tramo. Con el corazón saltándole en el pecho, lleno de ilusión, comienza la gran aventura.
      Cuando lleva poco más de una hora de vuelo, ve allá abajo las luces de un barco y la visión le proporciona una sensación de bienestar, piensa que también los marineros le ven a él, y esto le anula la sensación de soledad que empezaba a sentir. El suave y firme ronroneo del motor le parece a Juan Ignacio una canción triunfal cantada a coropor los 130 caballos dirigidos a su corazón. Va en todo momento pendiente del reloj y del consumo de combustible, cálculo que se vé facilitado por los cinco independientes depósitos de combustible.
      Van trascurridas tres horas de vuelo cuando empiezan a surgir las primeras dificultades, al verse envuelto el frágil aparato por los primeros chubastos de una tormenta que hace bailar a la “Santander”.Gruesas gotas de lluvia tamborilean en la cabina. El piloto no pierde la serenidad y va buscando la altura más idónea para evitar los efectos de la tormenta, sin lograr esquivarla; no puede rodearla, no sabe la extensión que tiene, es tan escaso el margen de combustible que tiene, que si se apartara de la ruta, correría el riesgo de no llegar a la costa americana. Se ve obligado a descender y encuentra que a 50 metros de la superficie de las olas, la turbulencia es menor, aunque volar a esa altura le exige una mayor atención a los mandos, con la consiguiente fatiga.
      Al amanecer, Juan Ignacio es testigo de  un impresionante espectáculo, grandes basrreras de nubes negras, espesas, cubren el horizonte; de ellas se desprenden chubascos intermitentes, que forman como columnas de grandes arcos de una fnatástica catedral. Está cruzando la “Santander” la zona de grandes perturbaciones atmosféricas producidas al formarse una profunda depresión, al chocar las diferentes presiones de los “Alisios” y “Contraalisios”; es lo que los franceses llaman “Le port au noir” que constituye una fuente permanente de tormentas.
A propósito de estas horas largas y duras, en lucha con la tormenta para mantener el rumbo sin que la frágil “Santander” quedara destozada, dice Juan Ignacio:

      “En estos momentos hice las consideraciones sobre la satisfacción de mis creencias y de la grandeza de Dios. Pensé en mis padres, hermanos, en España y en mi. Viviendo con intensidad dramática estos recuerdos, sostuve la lucha hasta que aminado el viento encontré los normales “Alisios” y poco a poco, con la mirada clavada en el reloj, y a pedsar del exceso de gasto de combustible, por impediorme los vientos la marcha normal, pude encontrar el optimismo dentro de mi espíritu, preparado siempre a toda eventualidad, pero tranquilo y sereno en el puesto de mando”

       Ya en el centro del día cruzando el ecuador, resulta triuinfante el sol en su lucha con los nubarrones. Lleva Juan Ignacio y la “Santander” catorce horas de vuelo ininterrumpidas en sus fatigados organismos, cuando el piloto divisa una línea oscura en el horizonte, duda al principio si sera tierra o una ilusión óptica, pero no tarda en poder identificarlo como la isla de Fernando de Noronha, experimentando una gran alegría que le produce el saber que no se ha desviado y que pese a la tormenta que ha tenido que cruzar, con las correcciones hechas al rumbo en los puntos previstos, han resultado de una exactitud matemática.
      Aligerada la “Santander” de combustible, marcha ahora a una velocidad algo por encima de los 200 km/hora, acercándose a la costa brasileña, cuyos perfiles se van destacando a mayor precisión a cada minuto que pasa. El combustible remanente es escaso, pero el ansia de llegar de Pombo, le hace despreciar esta preocupación.
Por fin, sobre la tierra, avistado Natal, la “Santander” se lanza como una flecha sobfre el aeródromo. Surge una dificultas, el tren de aterrizaje, agarrotado, presencia resistencia a desplegarse, Juan Ignacio somete al avión a unos bruscos alabeos y tirones, con lo que el problema se resuelve, y las ruedas de la “Santander” tocan la tierra americana, llevándola el beso que recibieron de la arena de la playa de “La Salvé” en Laredo(Santander).
on en Natal las cuatro y quince de la tarde, la una y cuarto de Madrid de 21 de Mayo de 1935, Juan Ignacio Pombo y la “Santander” acaban de cruzar el Atlántico Sur, en un vuelo de dieciseis horas y cuarenta minutos.             Han recorrido 3.160  kilómetros sobre el mar, la más larga distancia cubierta hasta entonces por un avión ligero, marca que aún no ha sido batida, habiendo pasado mas de 80 años, superada o ni si quiera igualada. Al tomar tierra en el aeródromo de Natal, quedan en los depósitos de bravo avioncillo !Diecisiete litros de combustible¡, combustible para venticuatro minutos de vuelo.
      Después hizo escala en Belem do Pará, siguiendo las etapas previstas hasta México, al salir de Belem tuvo que aterrizar en Comodín (Ceara) por una fuga de combustible, con tal mala suerte que capotó y el avión quedó inservible.

      La British Aircraft Co. Ltd. le proporcionó otra célula y con un montador de la compañía se reconstruyo el avión, pudiendo continuar a Parananimbo, Puerto España, Maracay, Barranquilla, Bogotá, vuelta de nuevo a Barranquilla, Panamá, San José de Costa Rica, donde sería operado de un ataque de apendicitis, El Salvador, Guatemala, Veracruz, Acapulco y finalmente Ciudad de México D.F., donde llegó el 16 de Noviembre de 1.935, habiendo recorrido 14.480 km. ( 7.818 Nm ) en 76,05 horas de vuelo.
      La colonia española en México y el propio Gobierno Mexicano lo recibieron y trataron como un auténtico héroe. Nombrándole hijo predilecto de México. La avioneta fue donada a la Ciudad de México D.F., donde está expuesta, una réplica se encuentra en el Museo del Aire Español de "Cuatro Vientos" .

       En la capital Cántabra se siguieron con ilusión las distintas etapas del vuelo de Pombo, recibiéndose telegramas del aviador desde todos los finales de cada etapa. Al llegar a Santander, a media tarde, la noticia del éxito de la travesía del Atlántico, se organiza una espontánea manifestación que, entre el estruendo de bombas y cohetes y los acordes de alegres pasacalles que sale de Puerto Chico, precedida por la Comisión oficial, por el Paseo de Pereda, La Ribera, Aterazanas, Pi y Margall, deteniéndose ante el Ayuntamiento. Desde el balcón principal de la Casa Consistorial, el señor Villegas, primer teniente de alcalde, dirige la palabra a la multitud enfervorecida, elogiando el valor de nuestro "paisano". Habla a continuación D. José Riestra, Cónsul de México, que termina su alocución con vivas a España y a Santander, que son contestados por la muchedumbre con vivas a México.

El Gobernador civil, D. Ignacio Campomanes da a la prensa la siguiente nota:


      "Por la ciencia que une a los pueblos, por el honor de España, por la gloria de Santander, felicito a la hermosa tierra montañesa que vio nacer a su amado hijo Pombo, que hoy enaltece con su proeza, admirada por todo el mundo y por nadie superada"

      Embarca para Santander, donando su avión “Santander” al gobierno de México, si grande fué su recibimiento en México DF, apoteósica fué su llegada a la capitalidad Cántabra, fué en su momento y lo es en la actualidad, un pewrsonaje ilustre de Cantabria. Atrás quedaron cerca de 16.000 kilómetros y 76 horas de vuelo. Un años después, los sueños de aventura se transformaron en pesadillas de guerra, Juan Ignacio Pombo, sirvió en el Ejército en la guerra del 36, y terminado el conflicto marchó a México donde vivió durante cerca de 30 años.
     Regresa a España, ya sin grandes riquezas vivió en Madrid, hasta que regresó a Cantabria, en 198X, donde en Torrelavega, se le hizo un merecido homenaje, en el que participó la Sociedad Deportiva Torrelavega, el Club de Acrobacía José Luis Aresti, el Ejército del Aire y diferentes organismos oficiales.

      En 1985, con motivo del 50 Aniversario de su histórico vuelo, el Ayuntamiento de Santander le concedió la Insignia de Oro de la ciudad y en el número 26 del Paseo de Pereda, en cuya casa había nacido se descubrió una placa conmemorativa. Por otra parte el Gobierno de Cantabria le concedió la Placa de Plata y la Medalla de Oro al Mérito Deportivo. En los primeros días de agosto de ese año se celebraron numerosos actos en su honor en la capital montañesa, que culminaron con un gran Festival Aéreo en el aeropuerto de Parayas.       Desgraciadamente Juan Ignacio Pombo Alonso-Pesquera, fallecería el 5 de diciembre de 1985, víctima de un cáncer en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla. Está enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio santanderino de Ciriego.
Datos obtenidos de:

Coronel Historiador del E.A. D.Emilio Herrera Alonso (D.E.P.)

Archivo Histórico del Ejército del Aire

Hemeroteca del Gobierno Autónomo de Cantabria

Hemeroteca del periódico "El Diario Montañés"

Y particulares y entusiastas de los comienzos de la aviación
Lugar donde descansan los restos mortales del piloto
cántabro D. Juan Ignacio Pombo